Mi experiencia en el día de silencio

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¡Nos faltó la foto! Pero doy fe de que al terminar me sentía así ;-)

La jornada empezó calentita: una serie de casualidades habían llevado a que el día que elegimos para hacer práctica intensiva de Mindfulness coincidiera con la celebración del cumpleaños de mi hija (6). No con el cumpleaños mismo, pero casi.

Así que fue llegar, abrir la boca y decir: “Después de acabar aquí me voy a un parque de bolas. No sé si lo disfrutaré más que nunca o no volveré a uno en años”.

Me sentí bien al decirlo. El (aparente) contraste expresaba la forma en la que vivo la práctica de Mindfulness: nada que nos aleje de la vida real, más bien al contrario, una forma de recuperarnos y nutrirnos para sentir con más intensidad la vida, toda ella, la “real” –es decir, la cotidiana– y la otra –una experiencia íntima que, en última instancia, no se puede transmitir con palabras–.

Aun así, no dejaba de ser cierto que la diferencia era enorme: pasar de horas de silencio, recogimiento e introspección a un local en el que el estruendo es la norma y los gritos se dan por asumidos. 

El contraste, había que reconocerlo, tenía también su punto divertido. Hasta yo misma me preguntaba cómo lo viviría al final.

Y así, a las 10 de la mañana, empezamos. Con la expectativa de una primera pausa acompañada de infusiones y bizcocho, comenzamos la práctica. Unos minutos de solo silencio. Solo silencio. ¿Te imaginas? Todo un lujo en nuestros días. 

Silencio, claro, es un decir. Siempre hay pequeños ruidos: un roce de la ropa, el ruido de un coche a lo lejos, la misma respiración... Aun así, el solo hecho de disfrutar de unos minutos sin apenas estímulos, relaja, calma y nutre.

Seguimos con la concentración. Ya sabes:  foco, foco, foco. Trabajar el “músculo” de la concentración. Calmar la mente. Poner las condiciones para que los pensamientos se sucedan con mayor lentitud, y así poder observarlos. Y conocernos. Y parar. ¡Parar!

Continuamos con el yoga y la exploración corporal. Atención a los pensamientos. Infusión y bizcocho consciente. Mmmmm… ¡Cómo lo disfruté! Me pareció más dulce y esponjoso que nunca. Y parte del mérito, sin duda, estaba en ese bizcocho casero. Ahora bien, te aseguro que la otra parte estaba en mi atención (despierta, por una vez). 

Tras la pausa del medio día, una práctica de vivir y soltar las emociones. Un ejercicio fundamental para no dejar que nos dominen. No es precisamente la más sencilla pero, como todas, cuestión de entrenar.

Llegó la hora de la comida. La idea era hacerla, claro, con atención. Pudimos disfrutar de ella y algún@s elegimos pasear en el exterior. El viento en las mejillas y el frío en todo el cuerpo hacían que la sangre corriera y el cuerpo se sintiera vivo.

Al volver, el calor de la sala (que a veces sentimos como fresco, en los momentos de mayor relajación) se hizo más patente, hasta sentirse casi sólido, acogedor, como un abrazo cálido que te invitaba a volver a sentarte en calma y en quietud.  

Y proseguimos la práctica: una siesta consciente, amabilidad y compasión, y una toma de consciencia de quiénes somos (o quiénes no), en solitario, primero, y en pareja después. Una experiencia intensa que daría para otro post. Quizá impactante sería la palabra que mejor la puede definir. 

¿Con qué me quedo del día? Con poder entrar en los ejercicios cada vez con mayor profundidad, cada vez con mayor conexión a esa parte no lingüística de nosotros a la que tan pocas veces damos espacio y que, sin embargo, es fundamental para señalarnos lo que es realmente importante y lo que hay más allá de las palabras.

Terminamos. Compartimos. Una sensación de bienestar cálido y libertad total recorría mi cuerpo. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujaba en mi rostro, y una sensación difícil de explicar me llenaba: como un hilo de conexión que, me parecía, nos recorría a todos los presentes. Y eso era lo mejor de todo.

Por la tarde, sí, fui al parque de bolas. Y claro está, lo disfruté de cabo a (casi) rabo. Sólo hubo un pequeño percance –y eso ya es otra historia– que me sirvió para recordar que la perfección no existe, y que está bien que sea así. ¿Cómo si no íbamos a reconocer la felicidad, si no hubiera momentos de dificultad?

¿Has vivido alguna experiencia similar?
¿Estuviste ese día y quieres compartir cómo fue para ti?
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